La autora

A.L. MartinMi vida siempre ha estado acompañada de polémica y de no seguir las normas. Creo en el potencial de las personas cuando creen en sí mismas y por lo tanto, también he creído en mi misma contra el viento y marea, que lo estipulado levanta contra uno, cuando uno cambia la dirección de la velas y no sigue el río habitual.

Así, hace veinte años cambié mi casa para mudarme a un estrechísimo apartamento que no sumaría diez metros cuadrados- Lo que quedaba se invertía en los estudios que me parecían adecuados. Haciendo aún más ganchillo con la economía familiar, me mudé a Estados Unidos, donde el apartamento llegó quizá a los treinta metros, pero no quedó demasiado dinero… Por ello y compartiendo piso con un divertidísimo compañero que acabó siendo un gran amigo, se dormía sobre un colchón en el suelo y se vivía con un teléfono y una radio. Corrían el final de los años noventa y con ello llegaba también el último semestre de universidad.

En esa recta final, accedí a unas prácticas remuneradas. Cuando mi querida madre llegó para la graduación, ya tenía una cama, una tele y un sillón. Si hubiera ido unos meses antes, creo que le hubiera dado algo…

Así, llegó la entrega de un papel que acredita el final de tu carrera de estudiante y que hace suponer que sabes hacer algo. En mi caso, declaro abiertamente que eso no llegó hasta bien andado un rato por la experiencia laboral. No sin sudores y esfuerzo, conseguí entrar en esa rueda laboral tan apetecida cuando uno acaba de estudiar. Eso sí, con sorpresa en el camino. Era una multinacional de logística, donde no era muy habitual ver a mujeres, mucho menos en ningún cargo, por bajito que fuera para empezar. Pero de los americanos aprendí a remangarme sin remilgos, a descargar camiones, a pasar horas en planta con un frío invernal y a hablar con cualquiera que quisiera aportar algo. Aprendí también que aprender es de vencedores y no de vencidos y que el que no sabe y se mueve sin pudor para aprender llegará allí donde se proponga. No dejes que nadie te ponga la cara colorada cuando escuches ese incómodo y a propósito ¡Hala!¿No lo sabes? Recuérdale a tu interlocutor que tú también sabes una pila de cosas que él no. Aquí todos tenemos huesos debajo de la carne. Superman era un cómic.

Tras una economía más saneada un buen día volví a España, dejando un trabajo bien pagado que me había costado conseguir un potosí. Otro drama a contracorriente de lo habitual…

El precio pagado por ello fue volver a empezar, pero yo estoy siempre conmigo y me tengo que aguantar, aceptar y sobre todo estar conforme con el recorrido.

El siguiente cruce de caminos me llevó a Lisboa y como siempre tengo la mano levantada para cualquier oportunidad, allí dirigí mis pasos. De esa faceta aprendí el poco esfuerzo que hacemos para aprender un idioma que se parece al nuestro porque total, nos entienden ellos. Que el esfuerzo lo haga el otro. Fenomenal. Asistí a clases de portugués para tratar de acercarme a una gente que me pareció de lo mejor que he conocido.

Y de nuevo pasó por delante de mis narices una opción que se me antojaba sexy: un nuevo reto de vuelta en Madrid, en el sector discográfico. Allí pasé ocho años maravillosos en un desempeño que se me hacía crucial: trabajar contribuyendo al éxito de carreras de artistas que querían triunfar y cuando ese momento llegaba, observar cómo aquella persona crecía y el trabajo conjunto de todos se trasladaba en alegría e ilusión para con miles de fans. Al mismo tiempo, me enrolé en un máster que me hizo comprender al milímetro la importancia del trabajo del resto de departamentos. Desde entonces, me hice fan del trabajo en equipo. Nunca he visto ningún gran resultado individual. Siempre que se hace algo grande hay un equipo de personas detrás, remando en la misma dirección y coordinando el ritmo.

Los últimos tres años, en el escaso tiempo libre que tenía, lo dediqué a emprender un nuevo camino. Era un proyecto personal conformado bajo la forma de una historia y situado en el siglo XV. No surgió de la nada. En uno de mis viajes, conocí a una persona en Estambul descendiente de españoles que me contó parte de su historia. Era un sefardita, que no sólo había conservado el idioma y el castellano antiguo a través de generaciones, sino también costumbres culinarias y tradiciones. Cinco años después y tras incorporar muchas más historias de personas que se han cruzado en mi vida adaptadas al siglo XV y a la trama principal nace “El Crucigrama de Jacob”, dando el salto de proyecto a realidad.

Esta es mi historia resumida,

de aprendiz a aprendiz y tiro porque me toca;)

Escríbenos

Puedes dejarnos un comentario con tus sugerencias

Enviando

El crucigrama de Jacob © 2016

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

o

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

o    

¿Olvidó sus datos?

o

Create Account